24. Paracaidismo

En ese octubre de 1952, y como siempre ocurría en esas fechas en Zaragoza, el ciezro y la gente eran los protagonistas. Se celebraban las fiestas del Pilar y era un momento de máxima celebración por las calles .

Miguel Marín enfocaba su objetivo hacia un espectáculo singular. Algo que podría darle portada del diario a la mañana siguiente.

Miguel seguía esperando el momento en el que Julián saltase al vacío desde la casa del marqués de Ayerbe. Y el tenía que inmortalizar cada momento de ese espectáculo.

Julián era un profesional del salto en paracaídas desde alturas comunes, como los edificios de una gran ciudad. Su fama había recorrido por pueblos y ciudades de España.

Dos accidentes graves publicitaba Julián haber sufrido:

  • uno en Lisboa, donde se le abrió el paracaídas a metro y medio del suelo,
  • el otro en la pista del Price, donde sufrió un vahído y descendió por la cuerda tan rápidamente que se abrasó las manos

Miguel solo conocía el incidente de Julián ocurrido meses antes en Melilla. Y por ello no quería perder detalle.

El domingo día 18 de mayo de 1952 Julián Zamarriego realizaba su salto en una abarrotada Plaza del Comandante Benítez, desde una altura aproximada de veinticuatro metros.

El salto fue limpio y por la zona prevista.

El cuerpo de Julián bajaba a tan alta velocidad que el público aumentaba en tensión a cada segundo del descenso.

La gente se temió lo peor. El paracaídas no aparecía y el suelo se aproximaba. Todo estaba pendiente de un mecanismo simple pero no infalible al mismo tiempo.

Y es que Zamarriego había comprado un paracaídas a la viuda de un colega francés que se mató al lanzarse desde la Torre Eiffel y le introdujo algunas innovaciones para que se abriera en una fracción de segundo.

El éxito o la muerte a expensas de la técnica.

Estamos ya muy acostumbrados a realizar reuniones a distancia por videoconferencia. Y es algo que ha llegado para quedarse.

Las presentaciones no es un caso diferente, casi diría yo que es todavía más natural para una presentación el poderla hacer a distancia.

Y para ello usamos la técnica. Esa técnica que está a nuestro servicio o está para hacernos pasar por un calvario.

Cómo imagináis el primer aspecto a dominar es la herramienta informática que usaremos, normalmente una aplicación de videoconferencia. Por favor, cada día son más sencillas e intuitivas pero debemos molestarnos en saberlas utilizar.

Como compartir pantalla, para mostrar la presentación

Utilizar un puntero integrado es la cosa más útil y la mayoría de nosotros no lo conocemos hasta que no lo echamos en falta.

Silenciar la presentación etc etc

Regular o configurar el audio para no reventar tímpanos o todo lo contrario.

Bueno, seguro que esta ya lo tenéis superado,así que vamos a los detalles, que como sabeis es dónde se esconde el diablo.

En estas metodología, es más esencial que nunca, atrapar la atención desde el principio. Normalmente en las presentaciones solemos tener la cámara apagada en los asistentes, no aporta mucho. Y esto hace que la audiencia se relaje, por no decir que se duerma. Por ello, vayamos directo al mensaje y pongamos las armas de la presentación lo antes posible sobre la pantalla.

Una vez enganchada la audiencia, hay que mantenerla. Comentaremos siempre en qué diapositiva estamos o incluso en qué sección nos encontramos. Alguna vez, en presentaciones muy extensas (y poco recomendables) se introduce un guión iluminado en una esquina de las presentaciones que permite el realizar un mapa de la misma de forma que todo el mundo y en todo momento sabe en qué punto de la presentación está.

Esencial bajo mi punto de vista, tener la vista de quien está hablando en cada momento.

En las aplicaciones de videoconferencia aparece el nombre de todos los participantes y una señal de audio que marca quién está hablando en cada momento. Como ya no dispondremos de contacto visual es muy importante saber de dónde vienen los comentarios o las preguntas,

Sobre todo si hay que enviar algún documento adicional tras la presentación. ¿Quién me lo pidió? Esa es la forma de saberlo.

Una de las cosas que más me gustó experimentar es el uso de los silencios. Se utilizan en dos sentidos:

el primero es de aprobación: tras una diapositiva, digamos “delicada” se puede incluir un silencio en espera de comentarios. en caso de que nadie interrumpa este silencio podemos continuar con la presentación. Es utilizado este silencio cuando realmente no quieres que nadie te pregunte nada. No solicitas un feedback de la audiencia, simplemente dejar constancia de tu mensaje pero marchas sin feedback.

El segundo silencio se introduce ante una pregunta difícil por parte de la audiencia. Tiene una doble función: la primera es la de ganar tiempo para la respuesta, pero en ciertas ocasiones, es tomado por parte de la persona que pregunta como una sensación de que no ha sabido explicarse correctamente. En ese momento la persona tiende a volver a explicarse de nuevo, como lo que de nuevo tienes un tiempo adicional para preparar la respuesta o encontrar en un fallo de argumentación.

Cuando no nos conviene el silencio, no conviene la respuesta de la audiencia.

Sobre todas las cosas, cuando necesites una aprobación un visado por parte de la audiencia que merezca ponerse en acta, solicita la confirmación explícita y en ese momento por supuesto alarga el silencio hasta que obtengas la respuesta. en ocasiones me he encontrado que se escurre el bulto y no se obtiene respuesta. Mi opción es volver a preguntar y a alargar el silencio de respuesta.

Y aunque pueda parecer extraño, anuncia que vas a acabar en breve. Recuperará a alguna oveja perdida y te permitirá mostrar de forma más efectiva el resumen de las conclusiones.

El paracaídas se abrió a escaso metros del suelo para suerte de Julián Zamarriego.

Salió airoso de la prueba aunque sufrió un fuerte golpe a causa de habérsele abierto el paracaídas a destiempo.

El numerosísimo público aplaudió calurosamente al valiente deportista español.

Todo acabó felizmente en Melilla, y también lo hizo en Zaragoza meses después, dando solo imágenes de alegría para Miguel Marín.

Julián Zamarriego usaba como nombre artístico el de Jams Will.

Nació en Madrid en 1912 y muy joven, en 1932, ingresó como mecánico en la flamante Escuela de Vuelos de Cuatro Vientos.

Allí germinó su pasión por los saltos, por el vuelo libre, que ya no dejó de obsesionarle durante toda su vida.

Según contaba, llevaba realizados más de setecientos saltos, desde que se lanzó en paracaídas por primera vez en Cuatro Vientos (Madrid).

Tenía en su haber una marca mundial de descenso en mínima altura, al lanzarse en el Circo Price de Madrid desde una altura de diecisiete metros y medio.

En Melilla todo salió bien, pero Miguel Marín sabía que eso no podía ser muy diferente en su espectáculo de Zaragoza.

El futuro de Julian fue un ciclo de subida y otro de bajada.

Cuando su popularidad había crecido, firmó un contrato comercial como hombre anuncio de la marca del Licor 43, que desde Cartagena se estaba abriendo al mercado y patrocinaba sus saltos por toda España.

Acabó sus días como acomodador del Circo Price de Madrid, hasta que murió el año del Golpe de Estado, arruinado y olvidado por todos.

«Morir en la cama sería una pena», decía Julián