21. Post Mortem

Thomas había guardado el cerebro de su paciente post mortem durante 39 años. Lo conservaba perfectamente etiquetado en un tarro de conserva y en formol.

Aquella tarde recibió la visita del Dr Kenji Sugimoto, quien no disimulaba, desde el primer momento, el gran interés que tenía por ver la reliquia de Thomas.

Kenji se frotaba las manos, tocaba su ropa y era incapaz de mantener su pelo alborotado fuera de su cara. Realmente era un momento muy importante para él.

Tras unos breves intercambios de pareceres, Kenji fue directamente al grano. Solicitó a Thomas si podría llevarse un trozo de ese cerebro para su análisis particular.

Probablemente Thomas no esperaba esa petición y dudó en los primeros instantes.

Pero accedió, desatando un orgasmo intelectual en la persona de Kenji.

Thomas salió de la sala, dejando a Kenji unos momentos a solas con el cerebro. Acudió a la cocina y buscó, dentro del desorden generalizado, una tabla de madera para cortar alimentos, como las que se encuentran en todas las cocinas actuales.

Al mismo tiempo, encontró un cuchillo cebollero perfecto a su parecer para realizar la partición.

Volvió a la sala y se dispuso a abrir el bote de formol con el cerebro en su interior. El bote no le iba a poner las cosas fáciles pues tanto tiempo en conserva impedía a la tapa abrirse con facilidad.

Cuatro manos sobre el bote no parecía suficiente para abrirlo y el Dr Kenji estorbaba más que ayudaba. Pero el bote se abrió finalmente.

Thomas introdujo la mano en el bote y sacó una sección del cerebro, del tamaño de una pelota de golf.

Kenji no pudo evitarlo y se abalanzó a tocarlo justo cuando Thomas se disponía a cortarlo en dos partes. La prudencia de Thomas evitó que lo que fuera seccionado fuera un dedo del Dr. Sugimoto.

Finalmente Thomas cortó un pedazo del cerebro, lo introdujo en un bote adecuado a su tamaño y lo rellenó con formol sobrante del bote grande. Una vez cerrado y comprobado que no fugaba, se lo entregó a su visitante.

Esa fue la forma en la que el Dr Kenji Sugimoto obtuvo una porción del cerebro de Albert Einstein.

Ýa comentamos en el capítulo anterior alguno de los aspectos de los «entierros» o cierres de los proyectos.

Pero sin duda hasta de los proyectos malogrados podemos sacar mucha información. Podemos realizar una análisis post mortem de los mismos y obtener las lecciones aprendidas.

Antes de preparar la presentación, podemos imaginar que el trabajo de investigación previo es inmenso y que podemos hacerlo hasta niveles muy profundos.

De cara a la presentación final, solemos preferir la evaluación cuantitativa a la cualitativa por muchos aspectos pero me gustaría destacar 2:

  • Los datos cuantitativos son más fáciles de transmitir en un ambiente profesional. Los datos cualitativos aportan un aspecto emotivo que particularmente y sobre todo en un análisis postmortem, pueden derivar en discusiones posteriores.
  • Los datos cuantitativos no señalan culpables de una forma acusatoria directa. Uno de los aspectos más peligrosos de estas presentaciones es mostrar a un determinado departamento o responsable como del fracaso del proyecto. Nuestra intención debe ser que la presentación muestre datos asépticos y que sea la audiencia la que gestione las responsabilidades.

Normalmente suelen existir dos partes en las presentaciones con este propósito:

  • La primera muestra los datos (cuantitativos) en comparativa a una referencia: en el caso de un proyecto de ventas, la situación con respecto a la competencia, si es proyecto técnico , la situación con respecto a los objetivos del mercado u otros proyectos similares. Por supuesto, la comparativa será negativa, ya que estamos cerrando este proyecto.
  • La segunda parte y más difícil debe incluir las causas de los indicadores negativos y sobre todo cuál será el plan de acción para que no se vuelvan a repetir. Si, esta es la parte más difícil. Y aquí necesitarás probablemente la participación de la audiencia. es necesario que produzcas las preguntas adecuadas y que se fijen las acciones correspondientes porque si no el trabajo no habrá valido de nada.

Al ser esta parte potencialmente conflictiva, una herramienta muy útil es la de disponer de un mediador, alguien que pivote siempre las preguntas hacia el lado constructivo en la presentación y no hacia el lado de reproche. en mi experiencia un alto responsable, de talante constructivo, es la mejor opción.

La autopsia del científico tendría que haberla practicado el doctor Harry Zimmerman, pero le resultó imposible desplazarse desde Nueva York a Princeton, donde estaba el cuerpo.

Así que el encargo cayó en Thomas Harvey, patólogo licenciado en Yale que no dudó un segundo al hacer su trabajo: extrajo el cerebro de Einstein y lo pesó —era un poco pequeño: 1225 gramos—, lo fotografió desde todos los ángulos posibles y lo partió en más de doscientos cuarenta trocitos que metió en formol.

A pesar de que no tenía la autorización de la familia, llegó a una especie de acuerdo con ellos por el que se comprometió a estudiar el encéfalo y a publicar sus conclusiones.

Nunca lo hizo y lo más probable es que fuera porque carecía de la preparación necesaria.

Aunque sí envió distintos fragmentos a investigadores que se los solicitaron.

Más difícil de justificar resultó que un buen día decidiera llevarse el cerebro a su casa, motivo por el que acabó siendo despedido.

Allí permaneció durante décadas, metido en dos botes de cristal como los que se utilizan para guardar galletas.

A veces Harvey los tenía en la cocina, a veces en el sótano y a veces en la repisa del salón.

Los ojos, por cierto, también se extrajeron durante la autopsia y se los quedó Henry Abrams, oftalmólogo del científico. «Quería un recuerdo de él», se justificó, y los guardó en la caja fuerte de un banco.

Suponemos que en otras manos podría haberse extraído mucha más información de un personaje tan ilustre. Pero en realidad ese fue su destino post mortem.